Uno sale de ver "Michael Clayton" preguntándose por qué una película con tantos (y tan grandes) nombres propios acaba resultando tan insípida. Es, en principio, una más de entre todas aquellas historias judiciales contra las grandes corporaciones, y no ha sido hasta que han pasado unos días que me he dado cuenta de su diferencia sustancial con éstas.

Si "Michael Clayton" es aburrida no es porque no pase nada, se repita o la hayamos visto mil veces; lo es porque, al menos en mi caso, cometí el error de juzgarla como un filme que forma parte de un colectivo (películas de abogados) cuando la trama no es lo que importa y sí el dibujo de los personajes.

Lo que en otra ocasión habría sido un momento inmejorable para crear tensión (el coche bomba de Clooney) aquí está resuelto desde la primera escena (sobrevive). Sabemos también que la fusión de las empresas que peligra durante toda la película se ha efectuado al comienzo. La historia será narrada en flashback como dando a indicar que lo que ocurra no tiene mayor relevancia, luego hay que fijarse en los personajes.

Y si bien Clooney no da el pego como perdedor (aunque tiene un par de momentos brillantes -la discusión final, pero también la charla con su hijo-), el resto de trazos merecen bastante respeto: los asesinos torpes y dubitativos, un Tom Wilkinson desnudo y desequilibrado, y, sobre todo, la villana de la función (Tilda Swinton), que es retratada ensayando discursos ante el espejo, sudando nerviosa y, finalmente, temblando de una forma extremadamente terrorífica.

Supongo que el mérito de todo esto lo tiene el director y guionista Tony Gilroy, si bien únicamente desde su puesto de escritor. Habría hecho falta un Paul Greengrass para mover bien a Clayton por la ciudad, para conseguir que nos importase el camino y los escalones por los que resbala. Hay escenas magníficas (el asesinato, por ejemplo), pero son redondas sólo en su individualidad: no llevan a ninguna parte.

"Michael Clayton" tiene aquello que se echaba en falta en la increíble saga de Bourne -profundizar en las identidades-, pero pierde todo lo que ésta sí tenía: interés por los personajes, secuencias que brillan por la forma en que están rodadas, sensación de continúa escapada, y una moral a leer entre líneas en lugar de una leída en voz alta.

El trabajo de Gilroy acaba brillando más en las películas de Bourne que aquí, pero "Michael Clayton" por lo menos nos da pequeñas dosis de innovación y un último plano sostenido (durante los títulos de crédito) valiente en su concepción y precioso en la forma.