La sexta temporada de la mayor revelación televisiva desde Twin Peaks ha sido la más floja hasta el momento. No se trata de los personajes sin profundizar, ni de la progresiva ausencia de tiempo real real, tampoco es que nos hayamos cansado de Jack Bauer... el problema está en que, por primera vez los creadores han cambiado radicalmente el contexto (un EEUU en permanente ataque terrorista, miles de muertos y un Bauer torturado incapaz de torturar) y no lo han sabido aprovechar. Lo que pudo ser apocalíptico quedó reducido a la trama de siempre, y esto hasta ahora nunca había importado, pero sí se toma una decisión cortante hay que mantenerla hasta el final.

24 ha sido siempre una tragedia donde la poesía de la épica no sirve como compensación con el héroe destrozado. El terrorista es destructor, pero el héroe lo es aún más. Bauer es un monstruo, y ese final de temporada suplicando reconocimiento le aleja del personaje y convierte la serie en el drama que nunca había pretendido ser.

Es cierto que 24 nunca ha sido un producto de autor al uso y sus rasgos posmodernos han traído consigo una mezcla de géneros bastante variopinta (desde la acción al cine negro, pasando por el folletín de aventuras y el culebrón). La serie juega a la intertextualidad y hace continuos guiños al espectador, pero nunca hasta esta temporada había pretendido, además, llegar al corazoncito de la audiencia. No se trata de que tengan que superficializar el asunto, ni tampoco de dejar de ver el sufrimiento interior del gran Jack; es sólo que, pase lo que pase, nos duela mucho o poco, el reloj no debe pararse nunca.

Por otra parte, el protagonismo de la familia Bauer en esta temporada, ha resultado finalmente catastrófico. Las penurias de Jack siempre han remitido a la tragedia clásica del mismo modo que los intrincados políticos de la Casablanca tienen un aire mucho más shakesperiano. La aparición del padre y el hermano Bauer en escena lleva la contraria a esas reglas internas y es tratada como otra línea argumental de vulgar caza al terrorista. Algo parecido aunque contrario ocurre con la breve colaboración del ex-presidente Logan y esposa: cuando uno los tiene en pantalla lo último que quiere ver es a la ex primera dama fregando los platos o acuchillando a alguien impulsivamente. Se ha perdido lo bueno de la familia y de los políticos (respectivamente): su sincera crueldad y su frío maquiavelismo.

Pese a todo, 24 sigue siendo LA serie. La sexta temporada también ha contado con muy buenas decisiones como la progresiva conversión de Jack en vampiro o la caída de Los Angeles (y, en consecuencia, del imperio) al más puro estilo troyano. Los dilemas éticos que plantea siguen siendo de lo más interesante: ¿Qué es más justo, pasar por encima de la ley y desatender las obligaciones que tenemos como ciudadanos o cumplir con las que demandan los lazos de sangre? ¿Es justo matar a un hombre bueno para salvar a otro que posee información que a su vez puede salvar a miles de personas? ¿Se ha de dialogar con terroristas y darles tu confianza? ¿Dónde está el límite legal y en qué medida el miedo debe influir en las decisiones de estado? etc

Una de las características de 24 es que aunque la suerte es un factor importante en la construcción de las tramas, todo acaba estando, de una u otra forma, atado. Es decir: que si una bomba explota y mata a cientos de personas no es tanto por el destino, sino porque Bauer no ha podido superar las pruebas necesarias. En este sentido, Steiner hablaba de la muerte de la tragedia en tanto que Dios se ha cansado del salvajismo del hombre y lo ha abandonado a su suerte. Lo que para él era el fin de la tragedia a mí se me antoja como una continuación lógica. La tragedia posmoderna (y Bauer como ejemplo absoluto) es, en cierto modo, apática y, en ese sentido, las acciones heroicas de Bauer son épicas, pero fruto de las casualidades. El guerrero homérico era consciente de que no podía comprender ni dominar las acciones del destino: aquí Bauer cree que puede conseguirlo y ese autoengaño hace que la herida sea finalmente mucho mayor.

La pena de esta evolución al sexto día es que partiendo de una hipótesis tan sugerente (¿qué ocurre cuando Jack vive el apocalipsis y no hay misión que pueda evitarlo?) el Jack que nos encontramos no es el héroe destrozado, sino el don nadie. Alguien que no puede suicidarse porque incluso su muerte ha de significar algo, pero que mientras tanto aprende lo único que queríamos que no supiera hacer jamás: a quejarse. Con la queja, la tragedia acaba, y así, 24 sigue siendo el entretenimiento máximo y la mejor serie del momento, pero deja de ser una obra maestra. Esperemos que en el día número 7 Bauer no vuelva a descansar.