a. Todo el mundo sabe que las decisiones del jurado en Donosti son extrañas y normalmente inoportunas. Es decir, que siempre gana la peli normalita, con toque social, que no ha disgustado a ningún miembro pero tampoco ha fascinado. Ayer Isabel Coixet reconocía que probablemente les pataleen en la lectura del palmarés, pero que es muy difícil ponerse de acuerdo, que "cada uno es muy hijo de su madre y de su padre".

Al contrario de otros festivales donde la directiva presiona para uno u otro vencedor, o el presidente del jurado impone su criterio (doble voto, ya se sabe), Donosti es benévola y eso le perjudica. No se trata de imponer el caciquismo, pero sí una sutil presión que no de lugar a barbaridades, un intento de lograr cierta coherencia, sobre todo a sabiendas de que la sección oficial del festival se hace con lo que sobra del resto.

La propia concepción de que sea un jurado escogido a dedo el que decide quien gana y quien pierde ya anula el factor democracia; ahora sólo falta que los integrantes miren más allá de sus debilidades personales -por debajo del hombro, con humildad- y reconozcan la diferencia entre merecer una sólida concha de oro y una loca mención especial.

b. Lo mires por donde lo mires, no hay estrellas en San Sebastián. Se le puede echar la culpa a lo que se quiera: la política, el jet privado, la competencia con otros certámenes, las fechas,... el caso es que éste no es un festival de famosos del mismo modo que tampoco lo es de un cine de alta calidad (zabaltegi y retrospectivas aparte, se entiende).

En los últimos años se ha intentado suplir estas ausencias mirando cada vez más a Sudamérica y a las cinematografías marginales (incluyendo Asia pero sobre todo los países del éste). A veces la jugada les sale bien y Cannes rechaza lo que no debiera (Las tortugas también vuelan), otras se premia a películas tal vez incluso competentes pero de saldo (Stesti, Schussangst). Merece la pena que el festival ejerza presión y no deje escapar películas que bien pueden competir aquí: el premio a "El abrazo partido" en Berlín no supuso gran cosa para la película, cuando lo que podría haber conseguido en Donosti sí habría tenido una probable repercusión en la taquilla. Hay que saber venderse.

c. Que una película sea anglosajona o tenga un presupuesto decente no debería quitar puntos para ganar el máximo premio. Puede ser que "La joven de la perla" o "A la luz del fuego" no necesitasen ganar en Donosti para estrenarse, pero debieron haberlo hecho si es que en su momento eran las mejores. Algo parecido ocurrió el año pasado con Winterbotton. Para ayudar a los necesitados ya están las ONG.

d. Por supuesto, el palmarés no es en realidad tan importante. Lo que trasciende son las buenas películas. No estaría de más una redefinición de qué es lo que debe reunir una obra para entrar en la sección oficial: ¿interrogaciones narrativas? ¿cine de género? ¿experimentación? ¿denuncia social? Un poco de todo nunca es una buena mezcla, y cada año el festival quizás debería replantearse qué es lo que se ofrece. Como dato positivo, decir que Donosti ha hecho bien encaminándose al documental, género menospreciado por el resto de festivales de tipo A.

e. Todos estos problemas (por llamarlo de alguna forma) se resumen, claro está, en la falta de presupuesto. Con más dinero Donosti sería tan grande como, por ejemplo, Venecia. Pero el ser su pariente pobre no es excusa para repetir año tras año la misma cantilena.

Si quieren respeto y aplausos, hay que saber dividir correctamente lo que es popular de lo que es bueno; lo que se puede tener, lo que se quiere y lo que se debe; los amiguismos y los riesgos. Lo que está en juego no es, desde luego, el futuro del cine, pero sí el de un festival más que correcto que cuando acierta da de pleno pero que ya empieza a ser conocido por sus fallos tremebundos.