Puedo entender que Salvador (Manuel Huerga, 2006) resulte una película "simpática" para el gran público. Siempre gusta eso de ver lo malos que eran los fachas y lo mucho que luchaban y se querían los jóvenes contrarios a Franco (anarquistas, en este caso). Si además hay una muerte que supone el comienzo de una revolución social (sea esto cierto o no), ya lo tenemos todo para conseguir una peli reconfortante y de llorar.

La realidad es que la película -técnicamente superior a la producción española media, eso sí- está conceptualmente equivocada. Va del retrato superficial de alguien interesante a la loa sin reservas de una persona sin matices que es tan majo y tan guapo y tan perfecto que acaba resultando increíble e indiferente.
Daniel Brühl, que no es mal actor, agobia con una voz en off horrible plagada de frases lapidarias que suenan a chiste. La película dedica dos horas a su persona y no sabemos nada de él más allá de que es un chico agradable con lo último en peinados y, por supuesto, unas Converse y vaqueros.


Consigue que un carcelero diabólico llore y chille su muerte (?) pero todo suena a ciencia ficción porque el filme se centra exclusivamente en un vacío de acontecimientos y de sentimientos (así como en una fotografía bella pero hueca) que no conducen a cambios radicales en ninguno de los personajes. Y mejor no hablar de los títulos de crédito finales: deberían figurar como ilustración de la palabra demagogia en el diccionario.
Salvador se desarrolla con la inocencia de quien endiosa a un personaje sin saber que para la publicidad ya están los trailers. Uno ha entendido en plenitud a Truman Capote y su insoportable tedio en Kansas cuando aquí tardan cuarenta interminables minutos en poner en marcha el garrote vil.
No es que Salvador sea muy mala. Se ve que cuenta con un buen equipo y con ganas; pero han optado por realizar una correcta tv movie para TV3 en lugar de un biopic menos complaciente y más arriesgado de cara a la taquilla. La dictadura de lo correcto en la política audivisual.
Algo totalmente contrario a lo que ocurre en Alatriste (Agustín Díaz Yanés, 2006).

Creo que Alatriste es una de las películas españolas más valientes de los últimos veinte años. Por supuesto que ahora sabemos que está resultando un gran éxito de taquilla, y pensamos que con todo el dinero que se han gastado y lo mucho que se han vendido los libros el riesgo no podía ser tan grande, pero esto no es en absoluto cierto. Alatriste es oscura, ronca, una película rodada en susurros.
La decisión de adaptar los cinco libros -que yo no he leído- en una sola película hace que todas las peripecias del falso capitán se vean de reojo, sin entrar de lleno ni en aventuras ni en romances, pero creo que una vez aceptada la rapidez y el carácter directo de la película en sus excelentes primeros veinte minutos, el resto va rodado.
Si en Salvador estaba Leonor Watling demostrando que su talento puede hacerle capaz de ser catalana y adolescente, aquí tenemos a Javier Cámara, Juan Echanove, el siempre adecuado Antonio Dechent, una mínima y esplendorosa Pilar López de Ayala,... Resulta absurdo haberle dado a Blanca Portillo, alguien tan poco masculino (incluso tan poco ambiguo), el papel de inquisidor, pero me convence la elección de Viggo Mortensen incluso aunque no sepa hablar un correcto castellano.


Alatriste es plano general. No creo que importen tanto las pequeñas anécdotas que conforman su vida como el tremendo fresco de celuloide (de una época, sí, pero también de un estilo de vida consciente, de la relación entre personas, de lo de dentro de cada uno) que acaba formándose. La voz de Viggo es horrible en pequeñas dosis, muchas veces no se le entiende, siempre parece extranjero; pero la presencia del sonido de su voz es impagable: el tono, la melodía, la forma en que imaginamos él respira...
Salvador pretende convertirnos en sus cuatro hermanas omitiendo todo lo que hace de una persona ser hermano de otro. Alatriste es una película para ver desde fuera, sin meternos ni emocionarnos, pero disfrutando como nunca del estado contemplativo.

El dedo es mío y me importa muchísimo más que la torre.
Interesantísimo el siguiente artículo de Marcos Ordóñez para El Pais
http://www.elpais.es/articulo/cultura/muerto/elpporcul/20061001el...