Tal vez la mejor película de lo que llevamos de año.

De latir mi corazón se ha parado (Jacques Audiard, 2005)

Hay algo del cine español que me da especial rabia, y son las continuas quejas de los productores. Entiendo que pidan más público para la cinematografía patria, pero odio que para ello culpen al espectador y le atribuyan el implacable descenso del “talento nacional”.

Si el nuevo cine español no triunfa y los veteranos no avanzan es porque la oferta se reduce siempre a lo mismo: personajes encantados de conocerse y noveles que quieren ser autores y para ello se alejan de los géneros. Eso sí, todos ellos mirando al país vecino y promocionando su película siempre con la misma puntilla: si el gobierno protegiese la industria española como lo hacen los franceses...

Bien, es cierto que Francia tiene una política cultural envidiable, pero también es verdad que allí se arriesga mucho más que en España. Se puede ser social haciendo un thriller o una comedia; se puede conseguir un estilo propio sin necesidad de hacer que tus personajes sufran y miren al vacío durante un par de minutos interminables.

Por supuesto todas estas decisiones corresponden al director, y no es mi intención descalificar ningún cine de antemano, pero basta ya de mirarse al ombligo y lanzar un orgulloso “yo hago la película que quiero ver”. No: si en España no hay industria es porque los creadores nunca tienen en cuenta que habrá gente que pagará la entrada y querrá algo a cambio. Esto no significa traicionarse ni mucho menos, sino revestir las ideas, intentar dar un paso más allá: entrar en los géneros.

Jacques Audiard ha conseguido hacer una película excelente sin salirse de los parámetros del thriller (¡!), mezclando una trama inmobiliaria con una musical (¡¡!!), haciendo un remake de una película estadounidense (¡¡¡!!!). Todo ello con un tema tan simple como magnífico (la relación padre e hijo primero, la venganza después).

En España se me ocurre el primer Amenábar como único ejemplo. Tesis (1996) y Abre los ojos (1997) son películas extraordinarias, profundamente españolas pero universales. ¿Dónde quedó aquella esperanza? Al otro lado del charco. Tanto Los Otros (2001) como Mar Adentro (2004) son fotocopias (en color y de extraordinaria calidad, eso sí) de productos anglosajones.

Otro tanto pasa con los actores españoles. ¿Son malos? No especialmente. ¿Son propios? Tampoco. Desde aquí reivindico a ese pedazo de actor que es Romain Duris. Una presencia que no podría ser sino francesa y una de esas personas por las que, hagan lo que hagan, ya merece la pena pasar por taquilla.